Familia · Maternidad · mudanza

La mudanza también me pone triste

Tenemos casi cuatro meses de habernos mudado a Bogotá. Estas dos últimas semanas me ha pegado durísimo, siempre he extrañado mi país pero ahora además, extraño el país que nos acogió los últimos siete años, que además fueron años muy felices.

Estando tan triste, tuve que reflexionar sobre qué me estaba pasando y por qué ahora me siento así. La cercanía a las fechas festivas debería hacerme sentir mejor porque vamos a viajar a nuestro país y vamos a hacer una pequeña escala en nuestro antiguo host country.

Pero no estoy feliz… quiero llorar, no quiero salir de casa y hoy que mi esposo viajó, los niños y yo ni siquiera nos bañamos! Estoy segura que las dos razones por las que me ha entrado tanta tristeza son dos: mi esposo ha viajado mucho las últimas semanas y no hice duelo al mudarme y de esta segunda voy a hablarles hoy.

Miro hacia atrás y me veo animada, tratando de adaptarme y ver todo lo lindo de mi nueva ciudad. Cada vez que alguien me preguntaba qué tal me sentía ponía mi mejor sonrisa y decía que súper bien, que me gustaba la ciudad y decía las cosas lindas de aquí. Después de un par de veces ya me sabía el discurso de memoria y lo empecé a repetir como mantra.

Ahora creo que me estaba tratando de programar y de creerme de corazón que de verdad todo estaba bien. Y bueno, no estaba tan bien.

No me han dejado de gustar las cosas lindas de aquí, no es eso. Es que simplemente no me permití hacer duelo por todo lo que estaba dejando atrás, no le hice duelo a esos maravillosos siete años que vivimos en Costa Rica, no pude hacer un cierre verdadero porque pensé que debía ser fuerte y estar bien por mis hijos, “si nosotras estamos bien, ellos están bien” le decía a la gente.

Bueno, no sé que tan positivo sea o que tan bien le haya hecho a mis hijos, espero que en algo ayudara a su transición. Por mi parte tengo un manojo de sentimientos y frustraciones acumuladas y he decidido liberarlas para poder arrancar bien el 2019 en este hermoso país que nos ha recibido.

Mamás (y papás), tenemos derecho a estar tristes, tenemos derecho a llorar, tenemos derecho a extrañar, tenemos derecho a hacerle berrinche a la vida por lo que nos quitó (sin que nos vean los niños jaja), tenemos derecho a comparar constructivamente nuestro antes y nuestro ahora y empezar a construir un nuevo futuro. Sin cierre los cimientos de ese futuro se hacen sobre arena y no sobre piedra.

Esta semana he estado de mal genio, sin muchos ánimos de nada pero me he obligado a salir y activarme porque es cuando más debo despejar la mente. La negatividad me dió durísimo y parte de la canalización de emociones y pensamientos es escribir estas líneas.

Dejar fluir las emociones buenas y malas oportunamente y de la forma apropiada es mejor que acumularlas y negarlas. Un día la olla de presión explota y es peor. Yo ya decidí destapar mi olla y espero que las cosas caminen mejor si puedo darme el espacio de sentirme triste un tiempo.

En enero voy a volver con toda la intención de hacerme una rutina de verdad para mi y para los niños, de empezar a explorar de verdad esta ciudad preciosa y bueno, hacer mi mejor esfuerzo por disfrutar el cambio sin negarme la oportunidad de sentirme triste o nostálgica de vez en cuando.

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